92ª de Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana
Selección de Marcelino Menéndez y Pelayo (1856–1912)
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Epístola

Ventura Ruiz Aguilera
(1820–1881)

(A Damián Menéndez Rayén y Francisco Giner de los Ríos)

No arrojará cobarde el limpio acero
mientras oiga el clarín de la pelea,
soldado que su honor conserve entero;

ni del piloto el ánimo flaquea
porque rayos alumbren su camino
y el golfo inmenso alborotarse vea.

¡Siempre luchar! . . . del hombre es el destino;
y al que impávido lucha, con fe ardiente,
le da la gloria su laurel divino.

Por sosiego suspira eternamente;
pero ¿dónde se oculta, dónde mana
de esta sed inmortal la ansiada fuente? . . .

En el profundo valle, que se afana
cuando del ario la estación florida
lo viste de verdura y luz temprana;

en las cumbres salvajes, donde anida
el águila que pone junto al cielo
su mansión de huracanes combatida,

el límite no encuentra de su anhelo;
ni porque esclava suya haga la suerte,
tras íntima inquietud y estéril duelo.

Aquel sólo el varón dichoso y fuerte será,
que viva en paz con su conciencia
hasta el sueño apacible de la muerte.

¿Qué sirve el esplendor, qué la opulencia,
la oscuridad, ni holgada medianía,
si a sufrir el delito nos sentencia?

Choza del campesino, humilde y fría,
alcázar de los reyes, corpulento,
cuya altitud al monte desafía,

bien sé yo que, invisible como el viento,
huésped que el alma hiela, se ha sentado
de vuestro hogar al pie el remordimiento.

¿Qué fue del corso altivo, no domado
hasta asomar de España en las fronteras
cual cometa del cielo desgajado?

El poder que le dieron sus banderas
con asombro y terror de las naciones
¿colmó sus esperanzas lisonjeras? . . .

Cayó; y entre los bárbaros peñones
de su destierro, en las nocturnas horas
le acosaron fatídicas visiones;

y diéronle tristeza las auroras,
y en el manso murmullo de la brisa
voces oyó gemir acusadoras.

Más conforme recibe y más sumisa
la voluntad de Dios, el alma bella
que abrojos siempre lacerada pisa.

Francisco, así pasar vimos aquella
que te arrulló en sus brazos maternales,
y hoy, vestida de luz, los astros huella:

que al tocar del sepulcro los umbrales,
bañó su dulce faz con dulce rayo
la alborada de goces inmortales.

Y así, Damián, en el risueño mayo
de una vida sin mancha, como arbusto
que el aquilón derriba en el Moncayo,

pasó también tu hermano, y la del justo
severa majestad brilló en su frente,
de un alma religiosa templo augusto.

Huya de las ciudades el que intente
esquivar la batalla de la vida
y en el ocio perderla muellemente:

que a la virtud el riesgo no intimida;
cuando náufragos hay, los ojos cierra
y se lanza a la mar embravecida.

Avaro miserable es el que encierra
la fecunda semilla en el granero,
cuando larga escasez llora la tierra.

Compadecer la desventura quiero
del que, por no mirar la abierta llaga,
de su limosna priva al pordiosero.

Ebrio, y alegre, y victorioso vaga
el vicio por el mundo cortesano:
su canto de sirena ¿a quién no embriaga?

Los que dones reciben de su mano
himnos alzan de júbilo, y de flores
rinden tributo en el altar profano.

En tanto, de la fiesta a los rumores,
criaturas sin fin, herido el seno,
responden con el ¡ay! de sus dolores.

Mas el hombre de espíritu sereno
y de conciencia inquebrantable (roca
donde se estrella, sin mancharla, el cieno)

la horrible sien del ídolo destoca,
y con acento de anatema inflama
tal vez un noble ardor la turba loca.

Jinete de experiencia y limpia fama,
armado va de freno y dura espuela
donde una voz en abandono clama;

de heroica pasión en alas vuela,
y en ella clava el acicate agudo
por acudir al mal que le desvela.

Si un instante de error cegarle pudo,
los engañosos ímpetus reprime,
y es su propia razón freno y escudo.

Sin tregua combatir por el que gime;
defender la justicia y verdad santa,
llena la mente de ideal sublime;

caminar hacia el bien con firme planta,
a la edad consolando que agoniza,
apóstol de otra edad que se adelanta,

es empresa que al vulgo escandaliza;
por loco siempre o necio fue tenido
quien lanzas en su pro rompe en la liza.

Si a tierna compasión alguien movido
vio al generoso hidalgo de Cervantes,
¡cuántos, con risa, viéronle caído!

Acomete a quiméricos gigantes,
de sus delirios prodigiosa hechura,
y es de niños escarnio y de ignorantes.

Mas él, dándoles cuerpo, se figura
limpiar de monstruos la afligida tierra,
y llanto arranca al bueno su locura.

Así debe sufrir, en cruda guerra
(sin vergonzoso pacto ni sosiego)
contra el mal, que a los débiles aterra,

el que abrasado en el celeste fuego
de inagotable caridad, no atiende
sólo de su interés el torpe ruego.

Árbol de seco erial, las ramas tiende
al que rendido llega de fatiga,
y del sol, cariñoso, le defiende.

Él sabe que sus frutos no prodiga
heredad que se deja sin cultivo;
sabe que del sudor brota la espiga,

como de agua sonoro raudal vivo,
si del trabajo el útil instrumento
hiende la roca en que durmió cautivo.

¡Oh del bosque anhelado apartamiento,
cuyos olmos son arpas melodiosas
cuando sacude su follaje el viento!

¡Oh fresco valle, donde crecen
rosas de perfumado cáliz, y azucenas,
que liban las abejas codiciosas!

¡Oh soledades de armonías llenas!
en vano me brindas ocio y amores,
mientras haya un esclavo entre cadenas.

Que aún pide con sacrílegos rumores
ver libre a Barrabás la muchedumbre
y alzados en la Cruz los redentores.

Que del sombrío Gólgota en la cumbre,
regada con la sangre del Cordero
sublime en humildad y mansedumbre,

mártires ¡ay! aún suben al madero
que ha de ser, convertido en árbol santo,
patria y hogar del universo entero.

Padecer es vivir; riego es el llanto
a quien la flor del alma, con su esencia
debe perpetuo y virginal encanto.

Amigos, bendecid la Providencia
si mandare a la vuestra ese rocío,
y nieguen los malvados su clemencia.

¡Qué alegre y qué gentil llega el navío
al puerto salvador, cuando aún le azota
con fiera saña el huracán bravío!

Así el justo halla al fin de su derrota
por el mar de la vida proceloso,
del claro cielo en la extensión remota
puerto seguro y eternal reposo.


 
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De Ventura Ruiz Aguilera, por Fransicso Arias Solis