Return to Index

La Tierra

Más Hermosa

 

 

Antonio R. Martínez y Martínez

 

 

 

 

Copyright 1990 Mariana Martínez Prats


 

eñoras y señores:

 

¿Sabéis que vivimos en “La Tierra más Hermosa que Ojos Humanos Vieran”? . . . claro que conocéis la frase legendaria del descubridor. Cuantas veces, como yo, os habréis imaginado aquella mañana de Octubre en que Cuba, radiante de hermosura, vestida de verde y de sol, apareció ante los ojos asombrados del insigne genovés, y le hizo pronunciar esas palabras que suenan a requiebro galante y también cuadran a un navegante que viene de puertos andaluces.

 

Pero a veces sucede con una frase que precisamente por conocerla mucho se llega a olvidar su contenido. ¿Es cierto que vivimos en un país maravillosamente hermoso? . . . Para los extranjeros que nos visitan la respuesta afirmativa no tiene discusión. En cuanto a los cubanos, tengo mis dudas de que estén convencidos de ello.

 

Nuestros padres y abuelos bien que lo sabían; ese encanto de la tierra natal rebosó sus corazones, se derramó por los labios de poetas y prosistas y quedó plasmado en la producción literaria cubana del siglo XIX; quien sabe en cuanto contribuyó la hermosura de nuestra patria inflamar los corazones de los cubanos que se lanzaron a las guerras de independencia. La belleza engendra el amor, y el amor lleva las voluntades al heroísmo.

 

Por eso cuando yo veo que decae el entusiasmo por las bellezas de Cuba me parece que decae el amor patrio, y siento el deber de hacer renacer el primero para realzar el segundo. Sentirse orgulloso de su tierra es sentir un orgullo Nacional.

 

Heredia cantó en versos inmortales de su “Himno del Desterrado” ­Dulce Cuba, en tu seno se miran ­en el grado más alto y profundo, ­­las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral. ­

 

Los horrores morales han perdurado entre nosotros y absorben la atención de los cubanos de hoy. Bien está y es de capital importancia que nos preocupemos por hacerlo desaparecer; pero evitemos que siempre fija en ellos la mirada nos olvidemos de todo lo demás. La pertinaz contemplación del mal conduce al pesimismo, y el pesimismo enerva las almas.

 

También hay en Cuba grandezas morales suficientes para levantar nuestro espíritu; pero yo dejo hoy a un lado ese tema, y vengo con ánimo modesto de viajero cubano enamorado de nuestro suelo a hablaros de las bellezas del físico mundo que guarda nuestra patria.

 

Con cuanta tristeza he observado muchas veces que hay cubanos que salen al extranjero a disfrutar de sus encantos observado muchas veces que hay naturales, sin haber antes dedicado un solo día de excursión a admirar siquiera alguno de esos lugares en que más se esmeró la mano del Creador al modelar a Cuba.

 

 

sta consideración me trae a la memoria un cuento infantil que no resisto a la tentación de referíroslo.

 

Una vez se perdió un niño en un bosque. Inútilmente trataba de hallar el camino para volver a su casa, y horas y más horas llevaba perdido, cuando comenzó a anochecer. Conforme iba haciéndose el bosque cada vez más oscuro, iba la angustia invadiendo su pecho, hasta que vencido por el miedo y el cansancio se dejó caer sobre una piedra y escondiendo la cara entre las manos comenzó a llorar.

 

En eso sintió cerca de sí como un roce de pasos sobre la hierba, alzó la cabeza y vio ante él a una hermosísima joven que le miraba compadecida.

 

¿Quién eres? preguntó sorprendido el niño.

 

Soy el hada del bosque, respondió la joven. ¿Por que lloras?

 

Me he perdido en el bosque y no se volver a mi casa.

 

Y ¿para que has de volver? prosiguió el hada. Si regresas, no llegarás a ser más que un pobre leñador como tu padre. En cambio, si recorres el bosque, tal vez encuentres el árbol de los frutos de oro que sembró mi hermana el hada Fortuna. Ese árbol todas las primaveras se cubre de flores y todos los estíos se cuaja de frutos del preciado metal. Si llegas a encontrarlo, con solo una vez que recojas su prodigiosa producción, serás más rico que el más poderoso monarca de la tierra.

 

Y al decir estas palabras, un remolino de viento envolvió al hada y desapareció entre una nube.

 

. . . . Quedó el niño un momento indeciso y maravillado de la extraña aparición; pero a poco sintió dentro de sí las fuerzas de su voluntad estimuladas por las palabras halagüeñas del hada, y resolvió emprender la marcha en busca del árbol de los frutos de oro.

 

Caminando, caminando, llegó a los lindes del bosque, cruzó valles y barrancos, escaló fragosas sierras, exploró selvas y praderas, atravesó ríos caudalosos, y más de una vez hubo de surcar el mar, siempre en busca del árbol de los frutos de oro, que no encontraba por ninguna parte.

 

Y así pasaron años y años, el niño se tornó en joven, el joven llegó a la edad adulta y el hombre se hizo viejo; pero siempre, como un rayo de luz en sus ojos, brillaba la esperanza de encontrar el árbol prodigioso.

 

Más los años seguían pasando y el árbol no aparecía. Por fin, un día lo dominó el desaliento, se sintió viejo y cansado, y resolvió regresar a la antigua casa de sus padres. Pero antes de volver quiso pasar por el bosque donde cuando era niño se le apareció el hada, y ya en el bosque, quiso volver a ver la piedra donde aquella tarde memorable derramó tantas lágrimas . . . y allí estaba la piedra.

 

Quedó un momento ante ella en religioso recogimiento, mientras mil recuerdos se agitaban bajo su frente, cuando levantó distraídamente la mirada, y vio ante sí, allí mismo, junto a la piedra, un árbol corpulento, cuyas ramas se doblaban al peso de gruesas pomas de oro que brillaban como soles.

 

Allí, junto a él, cobijándole con sus ramas, había estado el árbol de los frutos de oro el día en que el hada le habló de su existencia, y él, loco, había perdido su vida buscándolo por el mundo sin ocurrírsele siquiera que el árbol tan buscado pudiera estar tan cerca de él, sin sospechar que cuando más caminaba más se alejaba del objeto de sus viajes y de sus sueños.

 

Ahora quiso empinarse para alcanzar sus frutos, pero no pudo: sus débiles piernas le flaqueaban. Quiso, apoyado en una piedra y agarrándose de la rugosa corteza del añoso árbol, alcanzar la rama más baja, pero su mano no tuvo fuerza para traerla. . . .

 

Y allí, sobre la piedra en que lloró el niño, volvió a llorar el anciano. El dolor y el cansancio rindieron su cuerpo, y aquella noche se apagó su vida bajo el árbol de los frutos de oro.

 

 

so dice el cuento, y ahora digo yo: Esos cubanos que van a buscar brisas, playas o paisajes a Miami, a California, a Los Alpes o a Biarritz ¿Conocen el Valle de Viñales? ¿Se han bañado en Varadero o en Paredón Grande? ¿Han visitado las Cuevas de Banao, los Canjilones del Máximo o el Valle de Yumurí? ¿Han paseado en lanchas por el archipiélago de los Colorados o por los Jardines de la Reina? . . .

 

Señores, yo os invito a que hagamos esta noche un viaje por Cuba. Dejad volar la fantasía y subid al carro de mi palabra, que, aunque no tiene galas propias, esta noche va a ser bella, porque se va a vestir con las galas de los paisajes patrios: Las sierras orientales le darán su vigor. Las llanuras camagüeyanas le prestarán su luz, y habrá en ellas flexibilidad de cañas bravas, altivez de palmas reales, frondosidad de ceibas y hasta el perfume de los pinares de accidente.

 

Así, vestida con el traje de la musa patria mi palabra se presenta ante vosotros.

 

 

omencemos el viaje por Pinar del Río. Vamos al valle de Viñales.

 

La carretera de Pinar del Río a Viñales se enrosca sobre las espaldas de las lomas como una culebra gigantesca. Son las seis de la mañana, y ya las primeras luces del alba aparecen en el cielo. Las frecuentes curvas de la carretera cambian constantemente el paisaje: Los bohíos, riachuelos, palmas y cañas bravas, al verlos desde distintos ángulos y a diversas alturas, nos hacen el efecto de que se mueven con indolencia, parece como si la naturaleza cambiara de posición desperezándose al amanecer.

 

Nos sorprende de pronto un perfume. Olor de incienso y fragancia de campos a la vez: son los pinos, los pinares que han dado su nombre a la más occidental de nuestras capitales de provincia.

 

Esbeltos pebeteros de fina orfebrería en que millares de agujas perfumadas de color verde claro y brillante, ríen y retozan con la brisa que blandamente las mueve.

 

Pinares. Pinares. Pinares. La vista se pierde en aquella interminable sucesión de pinos, que enlazan sus copas inquietas y vaporosas formando un inmenso encaje de suave color esmeralda con que se cubre la tierra.

 

Los pinos del occidente están siempre de fiesta. Durante el día, vestidos de claro, con engañadora ingenuidad cantan su música jovial como un coro de colegiales en hora de recreo; luego cuando la noche pone oscuras tonalidades en sus trajes, los

pinos exhalan su perfume de reminiscencias orientales, junto a sus copas, se besan y quien sabe lo que sueñen. . . .

 

Subido en lo mas alto de una loma contemplo el panorama: aquella sabana verde y perfumada desciende por las faldas de la colina, cubre la hondonada del terreno, y sube luego por las laderas de otras lomas que cierran el horizonte.

 

La carretera, en tanto serpeando siempre, sale de los pinares. Otra vez el paisaje de las palmas y ceibas, lomas y bohíos, que varía en cada recodo del camino.

 

El sol hace ya un rato que asoma su blonda cabeza sobre los estratos del naciente. Bordeamos una loma a la derecha, y vemos a la izquierda como desciende bruscamente la ladera. Hemos llegado al valle.

 

Todo enmudece a mi lado. No se oye ni el trino de un ave ni el rumor del penacho de las palmas. La mirada vaga y absorta por el valle, la emoción nos hace respirar con dificultad y nos produce un estado de asombrada expectación. Adivinamos algo trágico ante nosotros. Parece que van a chocar las fuerzas de la naturaleza, que los montes van a vivir una tragedia.

 

Aquel macizo montañoso que avanza desde el fondo como un monstruo de pretéritas edades, y se detiene de pronto midiendo las fuerzas de sus rivales. Y aquella otra cadena más cercana, con sus flancos helados en que la piedra con tonalidades de acero parece una coraza. Y esa otra cadena que le sigue, la dominadora del valle esperando altiva y serena el embiste de las otras. Y aquellas solapadas cumbres más lejanas, que disimulan su altura con suave declive cubierto de verdor, que serán las últimas en llegar a la lucha, y decidirán por eso la suerte del combate . . . ese infeliz mogote, formando a capricho en la mitad del valle, espera vigilante su trágico destino.

 

Y allí están aquellas fuerzas, quietas, inmóviles, siglos y siglos, como esperando el momento de lanzarse unas sobre otras. Y entre ellas, juguetón, a sus pies, ingenuamente el valle ríe gozando dulcemente de la alegría de vivir.

 

De vez en cuando, allá por el mes de Octubre, aquellas montañas rugen, airadas ráfagas de viento cruzan de unas a otras con sañudo rencor, y los árboles corpulentos se resquebratan, y silban de rabia y se arrancan sus penachos las palmeras, y vierten mares de agua las nubes sobre el valle . . . pero luego renace la calma, y vuelven a su inmoble mutismo las montañas, y otra vez aparece la dulce sonrisa del llano.

 

Y así está el valle frente a mí en su dramático silencio.

 

¿Que tiempo pasa? . . . No sé . . . Al fin me siento fatigado por mi propia emoción y regreso. Pero a mi vuelta, ya no me voy fijando en el camino, apenas me doy cuenta de que cruzo otra vez por los pinares, llevo en la mente el drama de Viñales, y voy pensando en la significación de Pinar del Río en nuestra historia. Pinar del Río es drama.Me acuerdo de Maceo, que hace de aquella región el trágico escenario de sus luchas más cruentas, se agolpan en mi mente los nombres gloriosos de Cayajabos, Rubí, Ceja del Negro y Cacarajícara, y surge luego, como una apoteosis la sesión solemne de los Concejales de Mantua dando fe de que ha quedado terminada la invasión.

 

 

l drama intenso del valle de Viñales ha puesto en nuestras almas una sombra de desasosiego. Vamos en busca de serenidad al valle de Yumurí.

 

Aquí todo es tranquilidad, descanso, paz. La serenidad del valle nos penetra, se adueña de nosotros y nos ata al paisaje por el hilo sutil de la mirada.

 

Estamos en una loma que llaman de la Cumbre. Frente a nosotros, en la lejanía, se dibuja la oscura silueta del Pan, y abajo, a nuestros pies se abre el valle, cercado por un anillo de alturas, entre las que se escapa en graciosa fuga un hilo imperceptible de cristal.

 

Parece que la Naturaleza se ha esmerado en plasmar la placidez del paisaje. Las montañas que circundan el valle se han despojado de sus cimas altivas, y ofrecen el aspecto de amplias terrazas cubiertas de verdor. Por las laderas inclinadas se derraman los palmares que han invadido el valle. En el suelo suavemente ondulado una alfombra verde combina cien tonalidades de verdor.

 

Estoy de pie en lo más alto al borde del camino, captando con la mirada los detalles del paisaje. Comienza a atardecer. En el cielo las nubes blancas comienzan a vestirse con un velo rosa pálido. El pensamiento, en alas de la mirada, vuela sobre el valle hasta las montañas de en frente, y allí se detiene y cae en la hondonada. No podemos escapar a la absorta contemplación.

 

 

Tiene el valle un encanto dulcemente femenino, que nos invita a la declaración de amor. Dejamos sobre él abandonada la mirada como una vaga caricia, y le contamos una pena que llevábamos escondida en el corazón. . . .

 

Las sombras de las palmas se alargan sobre el valle, se tocan y se funden en una mancha oscura. Llega a nosotros el susurro de las palmas que en suave movimiento se despiden del sol.

 

El cielo es un incendio. Brumas de humo al Naciente y llamas en el Ocaso. Ahora es toda una sección del anillo que se proyecta sobre el valle, como una hoz gigantesca que fuera avanzando lentamente, y segara implacable la luz. El valle se sumerge serenamente en la noche que llega.

 

Todo está en calma. No sopla ya la brisa, y las palmas mantienen inmóviles sus penachos. Suben de lo hondo las notas tristes de una décima guajira. Sentimos oprimida la garganta; tenemos ganas de llorar, y no sabemos por qué.

 

Se siente flotar en el ambiente el alma romántica de Matanzas, que se ha hecho quietud en el valle, que se ha adueñado de nuestras almas, y nos arranca del fondo oscuro de la memoria los versos dulces de Milanés:

 

Si ya no vuelves, ¿a quién confío ­

mi amor oculto, mi desvarío, ­

mis ilusiones que vierten miel;

­cuando me quede mirando al río ­

­y a la alta luna que brilla en él? . . . ­

 

Rompamos el encanto melancólico del valle de Yumurí, y en nuestro viaje ideal lleguemos a la costa sur. Allí está Cienfuegos mirándose en su bahía, como Narciso en las aguas de la laguna, porque Cienfuegos sabe que es hermosa, y tiene coqueterías de joven presumida.

 

Sus calles anchas y rectas, bordeadas de construcciones modernas, no guardan recuerdos del pasado, esas añoranzas dulcemente tristes de otras ciudades cubanas. Cienfuegos es alegre, no sabe de tristezas ni de desencantos.

 

Cienfuegos da una impresión de juventud, es una adolescente que vive una vida de ilusiones. Ama los deportes, adorna el litoral de su bahía con suntuosas casas sociales, y olvida las regatas de pasado año para preparar las del año siguiente.

 

Los cienfuegueros nos hablan con entusiasmo de las galas de su campo, y nos sugieren una excursión al salto del Hanabanilla. Aceptemos.

 

El automóvil nos lleva a Cumanayagua primero y a Barajagua después; allí tomamos los caballos que nos han de conducir hasta las proximidades del salto.

 

El camino por donde nos llevan empieza a trepar lomas, y hay algunas con las laderas tan empinadas que dudamos del éxito de las cabalgaduras. Algunos compañeros de excursión prefieren desmontarse y subirlas a pié llevando el caballo de la mano. El práctico que nos guía nos hace dar cien vueltas bordeando las montañas para evitar las violentas bajadas y ascenso; pero a pesar de eso, unas veces nos vemos en lo más alto, al borde de abismos que se abren a nuestros pies, y otras en hondonadas, presos entre paredes inclinadas, cubiertas de espesura, donde miramos alrededor y no acertamos a comprender ni como hemos llegado hasta allí, ni como vamos a salir.

 

Subimos una rampa y no sé por qué prodigio se abre de nuevo el paisaje. Cruzamos unas fincas para acortar la distancia, y al volver de nuevo al camino oímos a lo lejos un vago rumor: “es el ruido del salto,” nos dicen.

 

Seguimos cabalgando. A nuestro lado oímos también el rumor de unas aguas que corren, pero el bosque de la derecha se ha hecho tan tupido que sólo durante algún momento vemos hacia abajo, entre los troncos y las ramas, las aguas del río que corren retozando entre las piedras. Cada vez se oye más distintamente el ruido del salto, que pone una nota de misterio en la aparente tranquilidad de la naturaleza que nos rodea.

 

Después de recorrer así un largo trecho, dejamos los caballos al borde del camino, y emprendemos la bajada a pié por la empinada barranca, entre un laberinto de troncos, piedras y malezas.

 

Es tan alta la ladera por donde descendemos, que a veces vemos a nuestros pies las copas de los árboles sobre cuyas raíces descansaremos unos momentos después, para continuar bajando. La humedad de las piedras producen una grata impresión al recostar en ellas nuestros cuerpos sudorosos.

 

Ya vemos a corta distancia las aguas del río. Unos cuantos pasos mas y al fin llegamos hasta el borde. Volvemos la cabeza hacia la izquierda, y vemos el espléndido espectáculo del salto.

 

Caen las aguas desde su altura, blancas y transparentes, con la majestad y la gracia de un manto prendido en los hombros de una novia; se rompen a mitad de la caída en un inesperado vuelo de encajes; se tienden luego lisas sobre el suelo, para rematar por fin en un semicírculo que forman miríadas de hilos de diamante.

 

Una irregular plataforma de rocas sostiene la caída, formando a los lados oscuras concavidades en que crecen musgos y helechos, y en que resuena el fragor de las aguas con misteriosa solemnidad. Y por todas partes se eleva en sombras la espesura verde, dejando sólo encima un breve espacio abierto, donde el cielo pone su nota azul en aquella visión de encantamiento.

 

Sentado sobre una roca alta miro una garza que viene caminando pausadamente sobre las piedras de la orilla. A cada paso mueve inquieta la cabeza desconfiando quizás de los extraños visitantes que han ido aquel día a turbar sus tranquilas soledades. Con una de sus extremidades ha llegado a tocar el agua quieta de la orilla, que va formando ondas en perfectos círculos concéntricos cada vez mayores, hasta que los últimos, llegando ya a donde las aguas corren más veloces, se deforman y se rompen en espumas. Cae una rama seca, y la garza asustada, abre las alas y vuela perdiéndose tras la copa de un árbol: todo pasó en un instante. Se me va con la garza el pensamiento.

 

Vuelvo a contemplar el salto; admiro de nuevo la elegancia de aquella caída de aguas, y me asalta la idea de que las aguas del río se han vestido con traje de novia, y van a celebrar sus bodas quizás con el sol que las espera más allá del bosque. Me río de la ocurrencia.

 

En tanto, el ruido de las aguas que chocan con las piedras, parece que se nos entra por todos los poros del cuerpo, y nos martillea en la cabeza.

 

Las ideas surgen y pasan por la mente, como esas aguas que llegan, caen, saltan, se deslizan y corren hasta perderse entre el bosque. No sucede aquí como frente a otros espectáculos, en que ante lo infinito del espacio, parece que el tiempo se detiene. Aquí, por el contrario, reducido cuanto vemos al pequeño escenario que nos circunda, mirando a nuestro lado saltar

y correr las aguas, como animadas de vida, se hace sensible el transcurrir del tiempo,nos contagiamos con el movimiento de aquel paisaje, y nos molesta la inactividad.

 

Cuando emprendemos el regreso no se nos hace la subida tan dura como habíamos pensado; y es que el vértigo de las aguas nos ha prestado su ímpetu, y escalamos la ladera del barranco con renovado vigor.

 

Al llegar arriba y oír de lejos el ruido del salto, nos parece que las aguas van cantando entre las piedras, y nos despiden con un prolongado “adiós.”



ueréis seguir el viaje? . . . Pues venid, vamos ahora a visitar una olvidada región que carga con el peso de recuerdos centenarios. Vamos a Trinidad a visitar el valle de San Luis.

 

Trinidad está durmiendo acurrucada en la falda de la sierra. Ssss . . . no la despertéis, está soñando.

 

Vamos por el camino que conduce al valle.Camino con humos de carretera, que sin sorpresas de rampas violentas, sin precipicios emocionantes ni curvas que desconcierten, entre árboles coposos unas veces y entre tupidos matorrales otras, en suave ascenso nos lleva presto hasta el borde del valle de San Luis.

 

Quedamos admirados. Aquello es el carnaval de la floresta. Ríe un hilo de agua a nuestros pies, y se enrosca como una serpentina entre las raíces de una Ceiba. Agitan las palmas sus penachos en retozo con la brisa que baja de la sierra. Una loma empina su cima cónica como un gorro de payaso, mientras las otras tienden al valle su fáciles laderas como en un gesto amable de invitación.

 

La vista, contagiada de la alegría del valle, recorre saltarina el paisaje. Aquel grupo de palmas de la derecha se está riendo con loca algarabía; aquellas otras más lejanas esperan los primeros compases de la orquesta para iniciar la danza; y aquellas lomas del fondo, las más locas de toda la fiesta, traen encaramado sobre sus hombros, como a un viejo calavera que sonríe, al Pico de Potrerillo.

 

El valle de San Luis es una orgía de luz y de color.

 

Derrama el sol su oro sobre el valle como una catarata de alegría, y los mil tonos de verde de aquel campo borracho de luz se nos entran en son de fiesta por los ojos, como una visión de kaleidoscopio donde se mueven corolas de flores y alas de mariposas.

 

Y allí, junto a aquel valle, no podemos menos de recordar aquel remedo en pequeño de Versailles que fue Trinidad, frívola y bulliciosa, hace ya una centuria, cuando Iznagas y Laras, Malibranes y Borreles daban espléndidos saraos en sus palacios decorados con mármoles de Italia y pinturas de Francia; cuando el conde de Brunet ponía a secar al sol en amplias canales sus rubias peluconas enmohecidas en el interior de las botijas; y se pavimentaban las aceras con las baldosas traídas de Alemania.

 

Regresamos impregnados de aquella alegría sensual que nos retoza en el cuerpo, y al volver a la ciudad, todavía la encontramos dormida, todavía está soñando.

 

Epicúrea, sensual, Trinidad cierra los ojos ante las asperezas de hogaño, y revive en sus sueños las grandezas de ayer.

 

Sueña con un capitán español de vistoso uniforme y espada al cinto, que vio en los años tranquilos de su niñez, cuando una vez se dirigió a su río, se embarcó con un grupo de hombres de unas naves que estaban atadas a una Ceiba corpulenta, y sueltas las amarras y desplegadas las velas, se hicieron a la mar. Luego supo que aquel hombre se llamaba Hernán Cortés, y que había conquistado un imperio.

 

Sueña con un pirata francés que la amó locamente en los años de su mocedad, y que intentó raptarla una noche oscura en que brillaban como relámpagos los disparos de los arcabuces.

 

Sueña con un marino inglés que pretendió su mano, y como ella le fue esquiva, y él se presentaba con humos de conquistador, riñeron un buen día. Y ella conserva como recuerdo de aquella riña, guardadas dos banderas en el arcón de sus blasones.

 

Sueña con un alemán aristócrata y sabio, que tuvo para ella elogios galantes en sus salones, y añoranzas gentiles en las cortes europeas.

 

Sueña, en fin, Trinidad su pasado feliz; y eso es su valle, su sueño, alegría, sensualidad.



amos ahora a dar un paseo por mar. Mar Caribe tendido a las plantas de Cuba como una alfombra azul en que la Isla arrojó, a manera de flores, pedazos de su suelo que formaron las miríadas de islotes que la bordean. Allí están los Jardines de la Reina, como una guirnalda verde flotando sobre el mar.

 

Aquellas pequeñas islas, apenas manchas blancas y verdes sobre el mar azul, nos hablan con su plácida belleza de una raza sencilla, ingenua como sus arenas, salvaje como su vegetación que halló en aquel archipiélago una morada feliz, y absortos en la contemplación del paisaje, halagados los ojos por la armonía de los colores, y acariciados los oídos por el rumoroso vaivén de las olas que lamen las playas, vuela la fantasía, y se complace en volver a poblar de indios aquellas islas, se alzan en los manglares los palafitos, y cruzan veloces las canoas hilvanando las islas a través de sus innumerables canales.

 

Aquellos indios cayos, como los llamaban los conquistadores, hechos a la vida libre del sol, el viento y el mar, se resistían más que otros a la condición de vasallaje que se pretendía imponerles. Su frecuente rebeldía llegó a preocupar seriamente a los Velásquez y Narváez de nuestros primeros años de colonización, y aquellos indios pagaron su amor a la libertad al bárbaro precio del látigo y el plomo. Rodrigo de Tamayo los redujo a la obediencia, y muy poco se volvió después hablar de ellos. Perseguidos en sus islas y maltratados en las encomiendas, aquellos indios “cayos” se hundieron en el silencio de los siglos, dejando apenas otro recuerdo de su existencia que unas breves líneas en las crónicas de la conquista, y unos cuantos caneyes en la costa; esa costa Sur de Camagüey, que es hoy erudita preocupación de los arqueólogos.

 

Triste final el de aquellos pobladores del archipiélago del Sur! . . . Desde entonces reina el silencio en las islas; pues el hombre blanco no ha hecho de ellas su morada, como aquella primitiva raza infeliz.

 

 

En otras épocas aquellas aguas fueron refugio ocasional de corsarios ingleses o franceses, y cuentan las leyendas que allá adentro, detrás de los manglares, hay tesoros escondidos que manos piratas enterraron en el siglo XVII; pero yo, escéptico, creo que la existencia de tales tesoros son sólo fantasías, y puesta la mente a soñar, en vez de enterrar las maravillas, prefiero creer, como en los cuentos de hadas, que las esmeraldas y zafiros se trocaron en aguas de mar, las perlas en espuma, la plata en hilos de luna, y el oro en rayos de sol.

 

Hoy sólo pacíficos y pobres pescadores se aventuran por aquel laberinto de canales, y algún viajero que tiene la ocurrencia de ir con ellos a gozar unos días de la emoción de la pesca y de aquel silencio cargado de voces, que nos habla de los indios y de los conquistadores, de los piratas y de Dios.

 

Laberinto interminable de canales por los que se desliza nuestra lancha. Los manglares de ambas orillas a veces se aproximan tanto que llegan a cruzar sus ramas, formando un túnel por donde navegamos. Se abren luego para ofrecernos la visión del mar inmenso que se junta con el cielo uniendo azul con azul, y se rizan a nuestro lado las aguas en un suave batir de espuma.

 

Y en aquella inmensidad no se siente el alma sola: pueblan el aire, las aguas y los cayos multitud de especies del reino animal. Grises alcatraces con sus largos picos pendientes meditan filosofías posados en unos troncos secos, vuelan las gaviotas en alegres bandadas y el elegante rabi — ahorcado se suspende en argestuoso vuelo, mientras bogan las corúas sobre las aguas en busca de presa. Un garzón gris estilizado y tímido camina por la playa.

 

Han venido dos toninas a saludar nuestro barco, nadan retozonas a nuestro lado moviendo sus cuerpos voluminosos en saltos hípicos, juegan con la estela, asoman sus cabezas achatadas, se alejan y vuelven, hasta que cansadas, o desengañadas tal vez de que el barco no acepta su invitación al juego, se alejan de nosotros. Saltan a nuestro lado los peces voladores, como agujas que hilvanaran la sabana del mar, a veces corren sobre la superficie largos trechos con solo la cola hundida en el agua; más adelante miramos con cierta emoción como asoma entre las olas la aleta oscura de una tintorera.

 

Fondeamos junto a una playa. Sobre la arena se ven aun las huellas de una iguana, la seguimos con la vista y vemos entre el tronco de una yana y un ramaje de hicacos el enorme lagarto que nos miraba parpadeando. Se oye entre las malezas el grito de las aves, y más cerca de nosotros el apagado run-run de los macaos arrastrando sus caracoles.

 

Nos sentimos amigos de todos estos seres naturales que tienen vida y sensibilidad como nosotros. Compartimos con ellos los rayos de aquel sol que nos abrasa la piel, con ellos nos bañamos en el mar, y llevaríamos un recuerdo más grato si no fuera por el molesto zumbido de los mosquitos y la enojosa picada del jején.

 

Cuando de regreso ya la lancha se acerca a tierra firme, vemos a los lejos la mancha roja de una bandada de flamencos.

 

 

erminó el paseo por mar. Vamos ahora a las montañas de Oriente.

 

Santiago está preso entre la montaña y el mar. Queriendo huir de su cárcel intentó escalar la sierra, pero rendido de cansancio y agobiado de sol, quedó tendido sobre la ladera, mientras se ríen de su loco intento, altiva la cumbre e irónico el mar.

 

Pero aunque la naturaleza lo venció en mitad de su aventura, Santiago no ha olvidado sus sueños de juventud, tiene nostalgias de cumbre, y por la mañana, cuando el sol derrama su oro sobre las cimas que lo aprisionan, Santiago mira la carretera de Puerto Boniato, y siente que en su pecho le palpita el corazón.

 

La carretera (que va a Puerto Boniato) se tuerce y re-tuerce como una clave de sol. Sube la cuesta de la montaña en rampas violentas que parecen apoyarse sobre las gruesas raíces de los árboles corpulentos que la bordean. Por encima del viajero las ceibas tienden sus frondosas ramas, y abren los algarrobos sus inmensos abanicos, protegiéndolo del sol.

 

A izquierda y derecha el tupido arbolado cierra el paisaje; solo de vez en cuando, como si una mano mágica abriera un balcón se ven desde la altura otras laderas, y a los pies la hondonada imponente, donde, vistas desde lo alto, las copas de los árboles parecen peñascos redondeados cubiertos de verdor. Luego se cierra el balcón y sigue la carretera entre la umbría haciendo heces hacia arriba.

 

Una curva violenta hacia la derecha, un precipicio que se ve . . . o se adivina un instante, el bosque que se cierra otra vez para abrirse de nuevo, y estamos en Puerto Boniato.

 

¿Estamos? ¿Y donde estamos . . . ?

¿Acaso suspendidos en el aire por hilos invisibles? . . . El suelo se hunde a nuestros pies tan bruscamente que nos espanta la loca caída del espacio y allá abajo, en la concavidad inmensa que la vista se extraña de abarcar, las combas de las lomas que antes nos parecieron altas, semejan las olas de un mar intensamente verde agitado por un huracán.

 

Y al frente y a los lados, firmes, majestuosas, imponentes, las cumbres que presiden el espectáculo. Colgando de los hombros de una de ellas brilla detrás el mar, como un manto cuajado de piedras preciosas. El cielo es un dosel.

 

Sobrecogido el ánimo, atónitos los ojos, quieren los oídos escuchar, y adivinan en el fondo del silencio el áspero rumor de aquellos bosques, que llega hasta nosotros como un himno.

 

Majestad, solemnidad, esa es la impresión que graba en el alma el espléndido paisaje. Cumbres a nuestro lado, cumbres allá en el frente, y aun cumbre en la hondonada: Eso es lo que ha dado Oriente a la historia de

Cuba, cumbres. Son cumbres los Maceo, y cumbres es Aguilera, cumbre Céspedes y cumbre Calixto García, y una cumbre coronada de palmas es Heredía como esa montaña que se eleva frente a nosotros, la más hermosa del grupo.

 

Y aquí a la sombra imponente de esos montes, como un astro que buscara un ocaso digno de él, vino a morir otra cumbre: Martí.


 

stamos cansados ya. Regresemos a nuestro Camagüey.

 

En el desorden de nuestra mente danzan con locos giros la dramaticidad de Viñales, la melancolía de Yumurí, la majestad de Puerto Boniato y la alegría de San Luis.

 

Queremos descansar la mente, sumirnos en nosotros mismos para reflexionar, para saborear las bellezas que hemos visto. Volvamos a Camagüey.

 

Pero antes de entrar en la ciudad, en busca de serenidad para meditar, pasemos por las sabanas de Cubitas.

 

Llanuras vastas, inmensas, que se pierden en el horizonte. Tierra roja incendiada por el sol. Un cielo azul y luminoso que se une con la tierra en la línea rasa impecablemente horizontal del confín que abarca la mirada. Y en toda la extensión no se divisa un alma.

 

Soledad . . . inmensidad. . . . Voy a comprender la noción de lo infinito; pero, medroso, el pensamiento vacila y desiste. Nos hemos sentido un grano de polvo entre dos inmensidades que nos aprisionan. Cielo . . . Tierra . . . yo. . . .

 

¿Quién podrá comprender el misterio de ese cielo? . . . ¿Quién podrá descifrar el enigma de la tierra? . . . Cielo . . . Tierra . . . y otra vez, yo.

 

Nada más a mi lado; nada más me revelan mis sentidos que la desconcertante trilogía, que como un ritornelo me repite el silencio en los oídos: Tierra . . . Cielo . . . yo.

 

Vuelvo hacía dentro mi pensamiento . . . y este ¿Soy yo? . . . Ya no soy aquel grano de polvo perdido en el espacio. Me he visto el alma, y ahora sé que soy grande. Grande, como la tierra inmensa; grande, como el cielo infinito.

 

Ahora comprendo todo lo grande que ha concebido el alma humana. Creo en Dios con una fe tan firme, tan sincera como nunca la había sentido. Amo a Dios y en Él a mis hermanos los hombres y comprendo la grandeza del amor de caridad.

 

Siento que mi pensamiento se ilumina con la claridad del ideal. Sabana, luz, inmensidad. Aquí se desprecia la vida que no consagra al ideal. Aquí se comprenden la heroicidad y el martirio. Inmensidad, sabana, luz. . . .

 

Miro hacía atrás, allí está la sierra cubierta de piedras bravías y de monte firme. Muy cerca unas lomas áridas como la sabana se me ofrecen de atalaya. Subo a una de ellas y vuelvo otra vez la vista a la llanura inmensa. Debajo, la tierra; encima el cielo; y en el medio, yo. Pero ya no estoy solo, porque está conmigo mi ideal.

 

Sabana, idealidad, inmensidad, luz. Patricios del 68. Agramonte. El Marqués. Constituyentes de Guaimaro. . . .

 

Y el entrar en la ciudad, comprendo el alma de Camagüey. Camagüey ha sido eso en nuestra historia, solo eso: Idealidad.

 

 ­— Dr. Antonio R. Martínez y Martínez ­